
El 26 de agosto de 1945 culminaba la construcción de la Reurbanización El Silencio, proyectada por el arquitecto Carlos Raúl Villanueva, al inaugurarse la plaza General Rafael Urdaneta (hoy Plaza O’Leary) y los Bloques 1, 2, 3 y 4 del conjunto, proceso que se había iniciado el 25 de julio de 1942 cuando el presidente Isaías Medina Angarita dio el primer piquetazo en la casa n° 23 de la entonces barriada El Silencio, abriendo paso a la acción más revolucionaria que se conoce en la ciudad a nivel urbanístico. Aquel mismo día termina la historia de Caracas y comienza la Caracas contemporánea.
La plaza central cambia de denominación cuando la Municipalidad del Distrito Federal en sesión del 6 de noviembre de 1953 acuerda designar con el nombre de “Plaza O’Leary” dicha área en homenaje al general irlandés Daniel Florencio O’Leary (1801-1854), prócer de nuestra independencia y fiel colaborador del Libertador. Sus memorias de 32 tomos, publicadas en 1831 por su hijo, Simón Bolívar O'Leary Soublette, bajo el título de "Memorias del general O´Leary”, recogen gran parte del archivo privado del Libertador y las vivencias de O’Leary junto con Bolívar. Sus restos reposan en el Panteón Nacional en Caracas.

La escultura ecuestre de Urdaneta realizada por el escultor margariteño Francisco Narváez en 1952 que estaba originalmente destinada a la plaza O’Leary, se decide ubicarla en una plaza anexa a la tradicional plaza La Candelaria. Es así como la efigie del prócer zuliano se ve finalmente emplazada en un nuevo espacio que lleva su nombre en los momentos en que se construía también la avenida Urdaneta (ensanchando la Avenida Este-Oeste 1) de anchas aceras con diseño inspirado en las ondas de las playas cariocas de Copacabana.

Es así que la plaza ostenta únicamente las fuentes ornamentales en los extremos Norte-Sur creadas igualmente por Francisco Narváez (1905-1982). Las fuentes de “Las Toninas”, como así se las conoce, está compuesta por dos grandes grupos escultóricos, cada uno con cuatro figuras de mujeres semidesnudas que nos relatan en medio del juego de aguas, la leyenda margariteña de cómo las toninas, familia de los delfines, acuden al rescate de las personas que se hunden en el mar para reflotarlas y llevarlas lo más próximo a la orilla.

Se trata de las toninas costeras parecidas a las toninas del Orinoco o rosadas, solo que las primeras tienen un hocico más alargado parecido a sus parientes más grandes, los delfines. Las toninas tienden a ir solas o en grupos de tres o cuatro, comportamiento que las distancia de sus primos que cruzan los mares en grandes camadas.

Las figuras femeninas de piedra artificial que originalmente se presentarían con lozana desnudez, por resistencia de la moral un poco pacata de la época, hábilmente fueron “vestidas” por Narváez con delicados velos que junto con sus rescatistas, las toninas y el diálogo de los chorros de agua, parecen danzar al unísono en un baile de poético encanto. Un remanso dentro de lo caótico que siempre resulta ser un nodo de tránsito y bullicio urbano. Estos valores las han hecho merecedoras de reconocimiento como Bien de Interés Cultural del país.

Octavio Sisco Ricciardi